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En el interior del ojo se produce un líquido denominado humor acuoso; este líquido pasa por la pupila hacia un sistema de filtración conocido como la malla trabecular, a través del cual se elimina del ojo. Existen ocasiones en las que esta vía de eliminación de humor acuoso se obstruye, y esto provoca un aumento de presión en el ojo. Esta hipertensión ocular puede producir un daño irreparable en el nervio óptico si no es tratada.
La mayoría de los pacientes afectados por un glaucoma no presentan síntomas hasta alcanzar fases avanzadas de la patología. Debido a que los daños producidos por el glaucoma son irreversibles, es importantísimo su detección temprana.
Debido a la ausencia de síntomas en sus primeras fases, es importante tener en cuenta los antecedentes familiares, la hipertensión arterial, problemas cardiovasculares, diabetes, entre otros.
En la mayoría de los casos, el tratamiento se enfoca en aumentar el drenaje y, en algunos casos, reducir la producción de humor acuoso.
El tratamiento inicial, y menos invasivo, puede ser médico-farmacológico a través de colirios.
Otra vía de tratamiento es el láser; esta opción es muy eficaz en el ataque agudo del glaucoma. Existen diversas técnicas en función de la evolución y características del glaucoma.
Como último recurso, existe la vía quirúrgica. Las técnicas más habituales son la trabeculectomía y la esclerotomía no perforante. Otra técnica, algo menos habitual, serían los implantes de válvulas.